Desde mi integración al grupo del seminario ha sido una
constante reiteración de un aspecto que relativamente tenía presente en mi
preparación como actriz de doblaje: “la actuación se trata del otro”. No con
esas palabras, pero sí una idea parecida había vagado sin rumbo fijo en mi
cabeza, lo tomaba en consideración... Al principio, esta idea la vinculaba con
un trabajo en equipo, estar en el aquí y el ahora, consciente y atenta de mis
compañeros durante las sesiones de improvisación; añadir comentarios,
observaciones, etc., en pocas palabras una retroalimentación; pero ¿qué sucedía
conmigo realmente durante la improvisación?
Además de poner atención a mis compañeros, a lo que estuvieran
actuando en escena, me sumergía en una introspección acerca de hacía dónde
tenía que encaminar “mi” personaje, cómo llevarlo al otro extremo para poder
cerrar la línea situacional del mismo; y, ¿qué pasó realmente?, creí haber
puesto atención en el otro cuando no fue así, y de hacerlo era por una lucha de
quién tenía la verdad sobre lo que hacía o decía en la improvisación, con tal
de cumplir con el objetivo que se me asignaba, ya fuera que yo me quedara o conseguir
que el otro se fuera. Eso sí, en cuanto notaba que mi compañero ya había
cumplido su objetivo, no lo contradecía para no romper la estructura lógica que
se había hecho.
Hace algunos años formé parte del coro de la facultad de Filosofía
y Letras de la unam, nuestro
director nos invitó a que tomáramos un curso de dirección coral. Nosotros, los
coralistas, éramos el instrumento de trabajo de los directores.
Lo interesante era ver al director que impartía el curso,
dirigiendo a cada uno de los coros que habíamos asistido, dirigía un coro por
canción, lo increíble fue que obtuvo el mismo nivel excelente de resultados en
cuanto a empaste, ritmo, afinación e interpretación; cuando entre coros ya sabíamos
los defectos y virtudes que cada grupo coral tenía.
Lo que ocurrió con esa demostración fue que mucha de la
responsabilidad recae en el director, desde cómo se planta en el escenario, la
energía que maneja, el marcaje del ritmo, el modo de pedir al coro algo
referente a la técnica vocal, etc.
Conté ésta experiencia porque creo que es un ejemplo de la
responsabilidad como individuo de generar estímulos a quien está contigo en
escena. Sí un director se ensimismara en lo bueno que es él, el lugar en el que
está o si estuviera disperso en otros pensamientos ajenos, simplemente no
estimularía a su coro a desempeñar una buena presentación o a alcanzar los
objetivos que el mismo director persigue.
Decir que la actuación se trata del otro, es un acto de
reciprocidad, de voto de confianza y de generar constantemente estímulos en
escena para ganar juntos. Parte del dar es recibir… y responder.
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