Carlos
Nava Ortiz
Para poder
escribir este texto quería hacer varias cosas. Quería dedicarme a escribir
sobre la teoría que hemos abordado en el Seminario y también aterrizarla con lo
que hemos visto en la materia de Creación de Personaje. Considero que ambos se
articulan de manera esplendida y sería algo bastante provechoso para quien lea
“El Seminario (Mensual)”.
Cuando
comencé a escribirlo tenía clara mi idea y cuando lo vi terminado, algo no me
gustaba, no era de mi agrado. Sentía que el texto estaba extraño, que era algo
muy ajeno a mí; la verdad no entendía bien el porqué. Dejé el tema por unos
días y pensé que lo mejor sería escribir todo el documento una vez más (recuerdo
que a este trabajo se le llama tratamiento). Opté por hacerle un nuevo tratamiento
a mi interpretación de la teoría vista en clase; pensé que sería útil y lo dejé
descansar una vez más. Una semana antes de entregar el texto lo revisé y no fue
grata mi sorpresa al ver que no me gustaba lo que estaba escrito. Mandé todo al
diablo y pensé no entregar el texto.
Justo un día
antes de tener que entregarlo, me senté y reflexioné lo que estaba pasando. Eran
tan claro… pero mí ego no me había permitido verlo. Creo que la mejor forma de
describir la razón es dándole un espacio único a estas palabras.
Actuar se
trata del Otro
¿Qué demonios
tiene que ver esa frase con todo lo que ya tenía escrito? ¿Por qué eso
significaría que mi ego entorpecía mi trabajo? Es muy simple.
‘Actuar se trata del otro’ no es una
frase que simboliza sólo una idea vaga de lo que podría ser el trabajo en
equipo. Actuar se trata del otro
porque actuar es la apertura del yo
hacia los demás y la integración de los otros
en el yo.
Trataré de
elucidar esto relatando un acontecimiento que se dio en el Seminario.
No fue hace
mucho, una o dos semanas después de que se repartió la primera revista del
seminario. Aureliano, durante la hora de trabajo nos pidió que hiciéramos algo
llamado “contact” (honestamente no recuerdo bien el nombre). El ejercicio consistía
principalmente en pasar a dos personas al frente, éstas se ponían de espaldas,
una contra la otra, haciendo contacto y, al iniciar el ejercicio, se tenía que
mantener todo el tiempo ese contacto físico. Ambos sujetos se podían mover a
cualquier dirección, siempre y cuando el movimiento fuera orgánico y mantuviera
una parte del cuerpo puesta en el cuerpo de la otra persona (manos, pies,
brazos, pecho, lo que fuera).
Lo
interesante del ejercicio antes mencionado fue la reacción de todos los involucrados.
Uno podría pensar que fue directamente la de aquellos que realizaron el
ejercicio. Debo decir que no es así; en efecto, los que estaban involucrados en
el ejercicio tenían sus dificultades, pero lo más interesante y, de verdad,
preocupante, eran las reacciones de quienes estábamos de espectadores.
En este
momento se preguntarán ¿Pues qué pasaba con los que estaban viendo? ¿No se
supone que el ejercicio era para los que estaban participando? Eso lo puedo
contestar de una hermosa manera: todos
participamos, seamos público o actores. El grupo es participe de todo lo que
ocurre con el grupo.
Las personas
que estuvimos de público en ese momento nos volvimos tema de interés. Se podía
ver en nuestras expresiones incomodidad, vergüenza, extrañeza y, por qué no
decirlo, inclusive podía verse miedo en nuestros rostros.
La pregunta
pertinente que hay que abordar es ¿Por qué pasa esto? Se le trató de responder
de distintas formas: falta de costumbre, falta de confianza, relaciones poco
cercanas, y un largo etcétera. La verdad es que todas éstas son sólo excusas de
una posible verdad: Pocos estábamos abiertos al otro.
Cuando
escuchamos la frase ‘actuar se trata del
otro’ hay que entender que no sólo es propaganda de Aureliano para que se
integren al seminario. Esa frase es toda una construcción que no sólo implica
escuchar lo que está diciendo tu compañero actor o reaccionar a lo que diga o
haga (aunque son fundamentales, claro está); esta construcción es una puerta
para el otro, para incorporarlo en el trabajo que estamos haciendo. Tocar y ser tocados.
Esta
condición de tocar y ser tocados es una expresión que magnifica la idea de
estar abiertos, estar en el afuera. Estar
en el afuera lo puedo definir como estar conscientes de lo que pasa a nuestro
alrededor, no sólo pensando en nosotros mismos. No sólo pensando en cuántos
diálogos me tengo que aprender o cómo es el trazo escénico. Para poder actuar hay que estar más allá de
nuestros pensamientos.
Durante el
ejercicio pudimos notar que realmente hay que trabajar en esa apertura, ya que
sin ella se imposibilita la tarea de armar una escena. Estar adentro de
nuestros pensamientos nos hace quedar atrapados en un ciclo del yo:
Yo tengo que
destacar
Yo tengo que
ganar
Yo tengo que
superarlo
Yo no hago
eso
¿Yo me estaré
viendo como un estúpido por hacer esto?
Yo no quiero
que me toque
El ciclo del yo puede seguir creciendo de
tal forma que puede llegar a construir un yo fuera de la escena que se
interpreta: “Terminando de grabar esto, yo me voy a comer, porque hoy no
desayune. Todo es culpa de la obra”. Estos pensamientos nos sacan del papel,
dejamos de trabajar como tendríamos que hacerlo. Nuestro nivel de energía ya no
es el mismo, se acartona nuestro personaje y no sólo echamos a perder nuestro
trabajo, también tiramos el de los otros. Puede que durante toda la obra
recordemos el guión y también el trazo, entre otras cosas, pero ya no
responderemos de igual forma a nuestro compañero; sólo estaremos vomitando
palabras.
El otro es
muy importante para poder actuar, ya que sin él nuestro personaje carecería de
sentido ¿Cómo se va asustar si no hay nadie que lo asuste? (NO SEAN
QUISQUILLOSOS, NO BUSQUEN DARLE LA VUELTA A LA PREGUNTA DICIENDO QUE PUEDE SER
POR EL RUIDO AMBIENTAL). Y aún así, con más razón ¿Quién hace el ruido? ¿Qué
importa si el personaje está loco? Esos fantasmas que ve son reales para él. Él
sí los está viendo, los escucha y reacciona a ellos; son su otro. Ejemplo de oro: No te vas a
asustar de igual forma si alguien te susurra “bu”, que si alguien sale de la
nada y comienza a gritarte en la cara.
Los actores no mentimos, respondemos
con verdad ante estímulos ficticios.
Ahora la
pregunta es: Si respondemos con verdad y el otro también lo hace ¿Eso no causa
que la obra cobre vida y se vuelva real? No es una pregunta retórica, está
abierta para ustedes.
Me gustaría
poder abordar el tema del otro como mi amiga Susana lo hizo (lean su artículo
de la primera revista); tener más ejemplos y expresarles mi experiencia ante
este hecho clave de la actuación, pero creo que aún me falta experimentar, ya
que aún me cuesta trabajo mantenerme en el afuera y no en el adentro de mi yo. Hay
que trabajar duro para alcanzar lo que uno desea ¿no es así? Digo…, no los
obligo a hacerlo, pero piensen por qué están aquí y qué darán para cumplir lo
que desean.
Ese fue mi gran problema.
En efecto,
ese era mi error, y por eso nunca quedaba nada de lo que escribía. Todo el
tiempo me centraba en el “yo quiero que me lean, quiero destacar entre los
demás artículos, etcétera”. Con esos pensamientos, jamás podría construir una
idea útil para los demás, algo que les sirviera para reflexionar. No pensaba en
los otros, no me abría a pensar en apoyos para otros o reflexiones útiles para
mejorar. Pensaba tanto en mí que dejé a un lado el objetivo del artículo. Aún
pienso en lo que hago, pero esto es para elaborar un artículo que no pierda su
objetivo:
Hablar del otro, no como un problema,
sino como una posibilidad de pensamiento y solución.
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