jueves, 4 de agosto de 2016

¿Cuándo el otro se vuelve un problema?


Carlos Nava Ortiz
Para poder escribir este texto quería hacer varias cosas. Quería dedicarme a escribir sobre la teoría que hemos abordado en el Seminario y también aterrizarla con lo que hemos visto en la materia de Creación de Personaje. Considero que ambos se articulan de manera esplendida y sería algo bastante provechoso para quien lea “El Seminario (Mensual)”.
Cuando comencé a escribirlo tenía clara mi idea y cuando lo vi terminado, algo no me gustaba, no era de mi agrado. Sentía que el texto estaba extraño, que era algo muy ajeno a mí; la verdad no entendía bien el porqué. Dejé el tema por unos días y pensé que lo mejor sería escribir todo el documento una vez más (recuerdo que a este trabajo se le llama tratamiento). Opté por hacerle un nuevo tratamiento a mi interpretación de la teoría vista en clase; pensé que sería útil y lo dejé descansar una vez más. Una semana antes de entregar el texto lo revisé y no fue grata mi sorpresa al ver que no me gustaba lo que estaba escrito. Mandé todo al diablo y pensé no entregar el texto.
Justo un día antes de tener que entregarlo, me senté y reflexioné lo que estaba pasando. Eran tan claro… pero mí ego no me había permitido verlo. Creo que la mejor forma de describir la razón es dándole un espacio único a estas palabras.

Actuar se trata del Otro

¿Qué demonios tiene que ver esa frase con todo lo que ya tenía escrito? ¿Por qué eso significaría que mi ego entorpecía mi trabajo? Es muy simple.
‘Actuar se trata del otro’ no es una frase que simboliza sólo una idea vaga de lo que podría ser el trabajo en equipo. Actuar se trata del otro porque actuar es la apertura del yo hacia los demás y la integración de los otros en el yo.
Trataré de elucidar esto relatando un acontecimiento que se dio en el Seminario.
No fue hace mucho, una o dos semanas después de que se repartió la primera revista del seminario. Aureliano, durante la hora de trabajo nos pidió que hiciéramos algo llamado “contact” (honestamente no recuerdo bien el nombre). El ejercicio consistía principalmente en pasar a dos personas al frente, éstas se ponían de espaldas, una contra la otra, haciendo contacto y, al iniciar el ejercicio, se tenía que mantener todo el tiempo ese contacto físico. Ambos sujetos se podían mover a cualquier dirección, siempre y cuando el movimiento fuera orgánico y mantuviera una parte del cuerpo puesta en el cuerpo de la otra persona (manos, pies, brazos, pecho, lo que fuera).
Lo interesante del ejercicio antes mencionado fue la reacción de todos los involucrados. Uno podría pensar que fue directamente la de aquellos que realizaron el ejercicio. Debo decir que no es así; en efecto, los que estaban involucrados en el ejercicio tenían sus dificultades, pero lo más interesante y, de verdad, preocupante, eran las reacciones de quienes estábamos de espectadores.
En este momento se preguntarán ¿Pues qué pasaba con los que estaban viendo? ¿No se supone que el ejercicio era para los que estaban participando? Eso lo puedo contestar de una hermosa manera: todos participamos, seamos público o actores. El grupo es participe de todo lo que ocurre con el grupo.
Las personas que estuvimos de público en ese momento nos volvimos tema de interés. Se podía ver en nuestras expresiones incomodidad, vergüenza, extrañeza y, por qué no decirlo, inclusive podía verse miedo en nuestros rostros.
La pregunta pertinente que hay que abordar es ¿Por qué pasa esto? Se le trató de responder de distintas formas: falta de costumbre, falta de confianza, relaciones poco cercanas, y un largo etcétera. La verdad es que todas éstas son sólo excusas de una posible verdad: Pocos estábamos abiertos al otro.
Cuando escuchamos la frase ‘actuar se trata del otro’ hay que entender que no sólo es propaganda de Aureliano para que se integren al seminario. Esa frase es toda una construcción que no sólo implica escuchar lo que está diciendo tu compañero actor o reaccionar a lo que diga o haga (aunque son fundamentales, claro está); esta construcción es una puerta para el otro, para incorporarlo en el trabajo que estamos haciendo. Tocar y ser tocados.
Esta condición de tocar y ser tocados es una expresión que magnifica la idea de estar abiertos, estar en el afuera. Estar en el afuera lo puedo definir como estar conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor, no sólo pensando en nosotros mismos. No sólo pensando en cuántos diálogos me tengo que aprender o cómo es el trazo escénico. Para poder actuar hay que estar más allá de nuestros pensamientos.
Durante el ejercicio pudimos notar que realmente hay que trabajar en esa apertura, ya que sin ella se imposibilita la tarea de armar una escena. Estar adentro de nuestros pensamientos nos hace quedar atrapados en un ciclo del yo:

Yo tengo que destacar
Yo tengo que ganar
Yo tengo que superarlo
Yo no hago eso
¿Yo me estaré viendo como un estúpido por hacer esto?
Yo no quiero que me toque

El ciclo del yo puede seguir creciendo de tal forma que puede llegar a construir un yo fuera de la escena que se interpreta: “Terminando de grabar esto, yo me voy a comer, porque hoy no desayune. Todo es culpa de la obra”. Estos pensamientos nos sacan del papel, dejamos de trabajar como tendríamos que hacerlo. Nuestro nivel de energía ya no es el mismo, se acartona nuestro personaje y no sólo echamos a perder nuestro trabajo, también tiramos el de los otros. Puede que durante toda la obra recordemos el guión y también el trazo, entre otras cosas, pero ya no responderemos de igual forma a nuestro compañero; sólo estaremos vomitando palabras.
El otro es muy importante para poder actuar, ya que sin él nuestro personaje carecería de sentido ¿Cómo se va asustar si no hay nadie que lo asuste? (NO SEAN QUISQUILLOSOS, NO BUSQUEN DARLE LA VUELTA A LA PREGUNTA DICIENDO QUE PUEDE SER POR EL RUIDO AMBIENTAL). Y aún así, con más razón ¿Quién hace el ruido? ¿Qué importa si el personaje está loco? Esos fantasmas que ve son reales para él. Él sí los está viendo, los escucha y reacciona a ellos; son su otro. Ejemplo de oro: No te vas a asustar de igual forma si alguien te susurra “bu”, que si alguien sale de la nada y comienza a gritarte en la cara.

Los actores no mentimos, respondemos con verdad ante estímulos ficticios.

Ahora la pregunta es: Si respondemos con verdad y el otro también lo hace ¿Eso no causa que la obra cobre vida y se vuelva real? No es una pregunta retórica, está abierta para ustedes.
Me gustaría poder abordar el tema del otro como mi amiga Susana lo hizo (lean su artículo de la primera revista); tener más ejemplos y expresarles mi experiencia ante este hecho clave de la actuación, pero creo que aún me falta experimentar, ya que aún me cuesta trabajo mantenerme en el afuera y no en el adentro de mi yo. Hay que trabajar duro para alcanzar lo que uno desea ¿no es así? Digo…, no los obligo a hacerlo, pero piensen por qué están aquí y qué darán para cumplir lo que desean.

Ese fue mi gran problema.

En efecto, ese era mi error, y por eso nunca quedaba nada de lo que escribía. Todo el tiempo me centraba en el “yo quiero que me lean, quiero destacar entre los demás artículos, etcétera”. Con esos pensamientos, jamás podría construir una idea útil para los demás, algo que les sirviera para reflexionar. No pensaba en los otros, no me abría a pensar en apoyos para otros o reflexiones útiles para mejorar. Pensaba tanto en mí que dejé a un lado el objetivo del artículo. Aún pienso en lo que hago, pero esto es para elaborar un artículo que no pierda su objetivo:
Hablar del otro, no como un problema, sino como una posibilidad de pensamiento y solución.

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