Aureliano
Castillo León
Hablar
de esperanza en tiempos de guerra es
difícil, más aún cuando la guerra es una que se libra de manera subrepticia,
por debajo de la piel, en cada uno de nuestros poros. Conforme el siglo XXI
avanza va revelándose como un siglo de conflictos internos en cada uno de los
individuos: el qué dirán, el qué seré, el cuántos amigos tendré en facebook, el
qué tan popular puedo ser, el cómo voy a hacer para vivir, y muchos otros
cuestionamientos por el estilo se han covertido en ejes de una lucha interna
que –mientras más empuja a los individuos a la oscuridad –más nos obliga a
todos a luchar por la luz.
En
el trabajo del actor, esta lucha se lleva a cabo en dos frentes, aparentemente
muy distintos, pero de suyo completamente emparentados: la vida y la escena. En
la vida, todo ator es el sobreviviente de una escición, de una división
inexorable entre lo que es cómodo hacer y lo que el oficio te exige. En la
escena, los conflictos personales de los personajes cobran vida sólo en la
medida en que el actor es capaz de recoocer la escición misma en su vida y
transformarla en la escición del personaje que encarna.
Es
justo por eso que la esperanza es importante: sólo sabiendo que al final del
tunel hay luz, que una vez que nos vayamos todos (hacia donde sea que tengamos
que irnos) podremos volver todos juntos, en fin, sólo si somos capaces de
vislumbrar la esperanza –por el medio que sea –seremos capaces de entender por
qué es que vale tanto la pena librar esta batalla que es la vida del actor.
Espero
que en este número, cuyo punto central es la esperanza, puedas encontrar un
pequeño guijarro que te ayude a seguir pavimentando tu camino hacia la luz.
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