Der Carlos Nava Ortiz.
Abrir los ojos, que otro año se ha ido. Ahora se perderá en el
mar y llegará a las profundidades del océano. Llegará hasta lo más profundo del
mundo, sólo para volverse uno con el agua. Después, con el tiempo, se evaporará
para regresar a nosotros como la lluvia incómoda del verano. Impredecible,
bochornosa, a veces molesta, pero de una u otra forma refrescante.
Las paginas que soñamos, ahora son tinta en la vida de otros.
Nuestro ser ahora es parte de un todo más grande, más hermoso. Comenzamos a ser
constructores. Hoy levantamos castillos, creamos ejércitos, nos levantamos con
fuerza y comenzamos a gritar al aire quiénes somos. Vivimos una vida de miles y
millones en una. Navegamos entre las olas, para explorar los confines del
espacio.
«Cargamos un frasco de vidrio para
guardar sólo una estrella.»
En mi camino, he visto a cientos caer; perecer ante una lucha
que no están dispuestos a librar. Vi a personas regodearse de sus atributos, sólo
para después encontrarlos escondidos tras un pozo. He conocido soñadores
escuálidos, débiles ante los ojos de unos cuantos, convertirse en grandes
guerreros.
«Aventureros, eso es lo que son.
Surcan los mares, escalan montañas y viven sólo por la aventura.»
Las gotas han comenzado a caer, la tormenta se aproxima. Lo que
ayer fue un día soleado, hoy solo es el escenario para la inevitable guerra que
se acerca.
—¡Sálvenlos!— Grita la gente. —¡Por favor! Es todo lo que nos
queda. —Entre lágrimas el dolor se extiende en las venas de una madre.
Abrir los ojos, entre el polvo, entre la ceniza. Tiritando ante
el sonido de los cañones. Aturdido por el miedo y el hambre. Unas temblorosas y
sudadas manos salen de entre la tierra, solo para pedir misericordia. Suplican,
suplican… suplican…
Entre murmullos se escucha aún una voz.
—Por favor, sigo vivo.
Mareado, cansado. Preso de su miedo y empapado en orina. Su cabeza
busca el tacto del otro.
—Aún… puedo… hacer… más.
Una prisionera se escapa de su celda cuando nadie pone atención.
Corre hacia la salida, irritada por la luz. Se escabulle entre un desértico
paisaje, hasta tocar el suelo
—Sé, estoy segura…
Sólo bastó una para que las demás comenzaran a salir.
—Yo…, —entre lagrimas susurró —yo aún…
La fuerza ya no era suficiente para decirlo
—Yo aún puedo… —sus labios agrietados, deseosos de un espejismo,
exhalaban polvo —YO… AÚN… PUEDO… HACER…
Sus brazos se apoyaron en el suelo. Limpió uno de sus ojos con
su mano izquierda. La sangre se mezcló con el sudor y las lagrimas que aún
brotaban de él.
—¡AÚN PUEDO HACER MÁS!
Un silencio inundó el campo de batalla. Él se levantó viendo
hacia el cielo y pudo observar cómo éste se iluminó de tajo. Cerca de él, un
rayó cayó. Le dio a un árbol solitario, que ya contaba los días para ser parte
de la arena. Comenzó a incendiarse.
La luz, el rugido que seguía al rayo, el calor del fuego. Sólo
una idea en mente. “Puedo hacer más,
mucho, mucho más…”
—Y ahora, lo haré.
«Corre, el tiempo es una ilusión.
Una que aceptamos para sentir que controlamos el mundo. Para sentir que el
mundo nos pertenece. Corre y no pares, sigue hasta que sientas que las piernas
ya no te respondan, y cuando pase eso, agáchate, pero sólo para que tu salto te
haga llegar más lejos.»
Dolor, dolor, dolor. Una experiencia que consume un cuerpo. Una carga que
sólo se vuelve más pesada con el paso de los años.
«Todo corazón porta una espina.»
Duele cada latir. Es un recordatorio de que tienes un pasado. Es
la lluvia que no esperabas en tu día de campo. Esa espina eres tú, queriendo
recordarte aquello que pensaste haber enterrado. Es el regalo que no quieres
aceptar. El recuerdo de por qué haces lo que haces. La razón de quién eres y de
lo que eres. Todas tus acciones, determinadas por eso que no quieres ver.
Una sombra que se genera por tu
existencia.
—¡ARRÁNQUELA! ¡QUÍTELA! ¡HÁGAME LIBRE! —un usuario le suplicó a
su terapeuta.
—No. —contestó el terapeuta, viéndolo directamente a los ojos —Para
empezar, porque no se puede; dos, no puedo hacerlo yo. Quien tiene que vivir
consigo mismo eres tú. Ámate, creo que eso te puede ayudar, al menos a
apaciguar un poco el dolor.
—Pero es que yo no la quiero… Tiene que hacer algo para
quitarla.
El terapeuta guardó silencio. Tic, tac, el reloj sonaba. En esa
sesión, era el único discurso que se llegó a escuchar: Tic, tac.
[El dolor, es un tema complicado de trabajar. Todos lo sentimos, todos
tenemos algo que nos duele, que nos devora. A veces es más obvio, otras
ocasiones es más discreto. Hasta cierto punto, muchas personas le tienen miedo,
y no es por nada. Es algo que no queremos sentir, pero hay que reconocer que
vivimos con él.
¿Una prueba a superar? No estoy
seguro. A veces hay que sobreponernos a él y seguir luchando.
Quiero aclarar algo, por eso la
corchea, no tenemos por qué pelear solos. Me queda claro que el mundo es un
lugar hostil, que está lleno de personas que portan mascaras malévolas. Sé que
es difícil, pero no todos son monstruos. La confianza es esencial en la vida,
en las relaciones, en la batalla.]
«La confianza es un puente. Hay que cruzarlo con valor. Una
mano, una sonrisa y una mirada. El mundo sí está cargado de odio, pero éste no
puede existir si no hay amor. Si hay uno, está el otro. Esperanza.»
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