José
Lembo
Imagina
esto: estás viendo por la ventana, afuera se encuentra una tormenta. La lluvia
cae incesante, el viento sopla de forma colérica y por instantes se detiene,
como si buscara agarrar fuerzas para arremeter una vez mas. De pronto, el cielo
se ilumina, alcanzas a observar los delgados trazos de luz mientras bajan de
las nubes, buscando desesperadamente algo a que aferrarse, tan lejos en el
cielo y a la vez tan cerca del suelo; tan letales como hermosos, capaces de
despertar los instintos mas básicos de supervivencia dentro del hombre mas avanzado.
Sin embargo, toda esa luz, toda esa fuerza, todo ese espectro acechante es
mudo, como un fantasma; se muestra y desaparece sin ofrecer aún sonido alguno.
Es en ese momento en donde el tiempo comienza a avanzar lentamente; tus ojos observan
el vacío que ocupó ese destello de luz, el viento toma un momento solemne y
desaparece, la lluvia parece caer lentamente, como si tuviera cuidado de no
distraerte. Respiras profundamente y esperas pacientemente mientras contemplas
la nada. Tus músculos se relajan, tu mente se acalla: tú eres parte de esa nada
que fue ocupada por luz hace un momento. Estás en paz absoluta; de pronto, poco
a poco, comienzas a escuchar un murmullo dentro de tus oídos, como el sonido de
la tierra en movimiento, como tambores lejanos… conforme avanza ese sonido, se
aleja de tu interior y se expande hacia fuera; escuchas como el aire comienza a
resquebrajarse, como si una tela se comenzara a rasgar lentamente. Los tambores
inundan el vacío, tanto afuera como dentro de ti: sientes la vibración tocando
todo tu cuerpo, tu ropa, la ventana, las paredes, el suelo, la calle, los
edificios, incluso a las demás personas que se encuentran en sus casas y en la
calle. El relámpago ha pronunciado sus palabras y tú lo has escuchado
atentamente.
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