Der Carlos Nava Ortiz.
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¡Oh
vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta,
por lo cual exclamé:
—Maestro, el sentido de estas
palabras me causa pena.
Y él, como hombre lleno de
prudencia me contestó:
—Conviene abandonar aquí todo
temor, conviene que aquí termine toda cobardía. […]
—Dante Alighieri en
la divina comedia
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I.
¿Qué
implica el estar vivo? ¿Cuál es el contenido de la vida? ¿Cómo puede uno
explicar la vida y desde qué posición lo hace? ¿Por qué hacerlo? ¿Qué ganamos
haciendo preguntas? y ¿Por qué tratamos de darles respuestas?
Creamos,
escribimos, pensamos, soñamos, nos ilusionamos e imaginamos. Sentir, vivir,
morir, crecer, perder y ganar, todo bajo el mismo cuerpo, bajo la misma
consciencia. Cada paso que damos, por cada respiro que hacemos, cada instante
que guardamos y atesoramos, así como también cada dolor del cual nos
enganchamos. Eso somos o, ¿seremos algo más? ¿Algo que se escribe bajo la piel?
Querer,
poder, deber y necesitar. Sin darnos cuenta, a veces mezclamos esas palabras y
no reconocemos lo que estamos realmente diciendo; lo que estamos “siendo”. Eso se esconde en nuestras
acciones, en las decisiones que tomamos. Querer, a veces, no es poder. Deber, a
veces, ni siquiera es querer. En otras ocasiones, querer es necesitar y
necesitar, a veces, no es poder. Se inscriben en lo más profundo de nuestro
ser, en nuestra alma. Somos como el mar,
donde nuestra esencia está en lo más profundo y oscuro de la zona hadal.
Algunos rasgos llegan a flotar a zonas más altas y otras pueden incluso llegar
a la superficie, pero con esto hay que comprender que incluso para nosotros
mismos somos un misterio, uno que a veces no queremos resolver; uno que nos
puede llegar a asustar pero que tenemos que afrontar. Comenzar a mirar sin
miedo, sin la venda que nos hemos puesto en los ojos.
Hacemos
preguntas, algunas no queremos responderlas, pero necesitamos hacerlo. Otras, debemos
responderlas y queremos hacerlo, pero a veces no podemos. La honestidad no es
un camino de un solo sentido y tampoco es una vía con un único destino. La
sinceridad también debe volcarse hacia nosotros mismos. ¿Cuántos contenidos
puede tener la vida? ¿Cuántos de esos contenidos podemos ver? Tenemos un
trabajo y es rascar, taladrar, perforar y penetrar la superficie. Comprender
las razones por las cuales escribimos en nuestra sangre las palabras: deber,
querer, poder y necesitar. Ese trabajo
es nuestro, es una “chamba” de la vida. Una de la que no podemos
deshacernos, no al menos mientras estemos vivos, y no muertos. No sólo me
refiero a una muerte física, también me refiero a una muerte interna. Esa
muerte que muchos han llegado a ver en los ojos de otra persona. Un cuerpo que
sigue caminando pese a estar vacío por dentro, cascarones que tienen una enorme
masa y siguen funcionando como autómatas.
No
es difícil encontrar estos seres. Renunciaron, abandonaron, se les arrebato, y cada uno lo hizo por
sus propias razones. Ni siquiera ellos son conscientes de ese evento. Ese
suceso llegó, cambió todo y los marcó de tal forma que en sus ojos es visible
el helado invierno de la muerte. Sin calor, sin alma, funcionando como
cualquier otro ser en la superficie de este mundo. Camina, corre, se mueve,
respira…, pero ya no hay nada. Sus acciones pierden sentido, no tienen ningún
significado. Elaboran lo que saben hacer y continúan repitiendo la formula,
pues es la que los hace parecer vivos.
Muertos
caminando entre los vivos. Ahora la pregunta puede ser: ¿Cómo saber en qué
grupo nos podemos encontrar? Los caminantes no tienen consciencia de serlo.
Funcionan, a veces innovan, pero en lo profundo mantienen la repetición de sus
acciones; una y otra vez. Verse en el espejo no siempre es suficiente, hay que
ir más allá. No lo negaré, el espejo ayuda bastante, pero sólo mostrará esos
trozos de esencia que se encuentran en la superficie. Tampoco sirve preguntar,
porque si para nosotros somos un misterio, para otras personas somos todo un
enigma.
¿Qué
eres? ¿De qué estás hecho? ¿Por qué te mueves? ¿Qué te hace funcionar? ¿Por qué
vives? ¿Acaso sientes? ¿Eres títere o titiritero? ¿Hay hilos en tus
extremidades o funcionas con baterías? ¿Usas tus manos o un control? ¿Portas una
máscara o usas maquillaje? ¿Por lo menos eres real? ¿Qué te lo confirma? ¿Qué
te hace vivir? ¿Cuentas las horas o los segundos? ¿Desde dónde ves el mundo? ¿¡QUÉ ERES!? ¿¡QUÍEN ERES!?
La
respuesta siempre se transforma; se vuelve una paradoja entre lo que es y lo
que no es. Te desafía y te pone a prueba. Mentirás cuanto te dé la gana, podrás
incluso engañar al mundo, pero recuerda que ese mundo es sólo una construcción
que tú has hecho. Entonces nos preguntamos aquí ¿qué es real si tú moldeaste
ese mundo? ¿Dónde está el engaño? ¿Aún sigues siendo el mentiroso que creías?
¿Cuál es entonces la verdad? La verdad es: sé que en este momento muchos se
habrán dado cuenta de que he complejizado bastante la frase Sólo
te engañas a ti mismo.
La honestidad no es un camino de
una sola dirección y tampoco una vía con un solo destino.
Perdemos demasiado tiempo engañándonos, fingiendo, mintiendo. Querer llegar a
profundidad engañándonos, es como si buceáramos sin visor. Llegar fingiendo,
como si no portáramos un tanque de oxigeno. Sin el equipo correcto, no
llegaremos a ningún lado.
Antes
de proseguir quiero dejar claro que no se trata tampoco de llagar a la zona
hodal de nuestro ser; es más, considero que eso es imposible. Lo que estoy
diciendo es que con honestidad podremos llegar a conocernos mejor. De esa forma
perderemos un poco del miedo que tenemos al realizar algo.
También,
la honestidad nos ayudará a ver si somos vivos o caminantes. Hacernos conscientes, porque los
caminantes pueden regresar a ser vivos. Pueden comenzar a moverse con voluntad,
con determinación. Romper los hilos,
y verter en esos cascarones esencia. Inyectar en los ojos color y vida.
Podremos comprender que es lo que decimos y somos al realizar acciones. Romper
la venda en nuestros ojos y llenar de significado nuestras palabras. Marcar en
nuestra piel los sentidos del poder,
querer, necesitar y deber.
Las
posibilidades podrán estar en la palma de nuestra mano y la vida tendrá un
valor, un significado. Le daremos un contenido a nuestra vida y, por lo tanto,
tendremos una percepción de ella.
II.
“Las
posibilidades en la palma de nuestra mano”. Creo que me he adelantado un poco
con esa frase. Ser honestos con nosotros nos abre las puertas para comenzar a
tomar esas posibilidades y eso mismo implica tomar decisiones.
La
vida es una decisión. Si estás leyendo esto es porque has tomado una decisión.
Cada acción que realizamos está construida a partir de las decisiones que
tomamos.
No
soy de las personas que creen en el destino. Lo menciono porque quien crea en
él debe comprender que estoy escribiendo esto sin valorar la posibilidad de que
exista tal cosa. No doy fe de que exista un futuro escrito en piedra. Por lo
tanto, dejando eso en claro, quiero que tú, lector, comprendas que en tus manos
está tú futuro. Tú eres quien tiene que tomar las decisiones para llegar a
aquello que anhelas. Tú tienes que tomar la decisión para alejarte de aquello
que te daña, de lo que te lastima. Tienes que tomar la decisión de moverte o
quedarte quieto. Asume la responsabilidad
de tus acciones.
Quiero
hacer hincapié en esa frase: “asume la responsabilidad de tus acciones”. El control es una ilusión, no todo es
responsabilidad nuestra y, por ende, no podemos controlarlo todo.
Por
esta razón me gusta el dialogo del maestro Oogwey con Shifu de la película Kun
Fu Panda:
—Mira
este árbol Shifu. No puedo hacer que florezca cuando me place, ni hacer que dé
frutos antes de temporada.
—Pero
hay cosas que podemos controlar. — Shifu patea el árbol, lo que provoca que la
fruta caiga. — Controlo cuando caiga la fruta. — Un durazno cae sobre su
cabeza. — Y controlo… — Toma un durazno, lo parte a la mitad en el aire. —
Donde plantar la semilla. — hace un agujero en la tierra con la mano y arroja
la semilla dentro. — Esa no es una ilusión maestro.
—Ah…,
sí. Pero, no importa lo que hagas, esa semilla se convertirá en un durazno.
Podrás desear un manzano o un naranjo pero tendrás un durazno.
Nuestras
decisiones nos llevaran a distintos caminos. Lo que vaya sucediendo durante
éstos no es algo que podamos calcular. Podemos suponer, pero ni remotamente
controlar.
La
puerta se abre, las posibilidades están ahí, “las oportunidades” ¡están ahí! Es
nuestra decisión tomarlas o no. Una vez que lo hagamos, tenemos que ser
responsables de ellas.
“La
vida es una apuesta. Cada oportunidad es una moneda para apostar. Puedes
jugártela o no, el problema es que esa moneda no la puedes guardar. Si la
usas…, te arriesgas tanto a ganar como a perder. Si no la usas, aunque la
quieras guardar en tus bolcillos, se desvanecerá”.
Decisiones,
a veces simples: qué color de ropa usar. A veces muy difíciles: Dejar morir a
un ser amado.
Decisiones: Actuar o no hacerlo.
III.
Hasta
ahora hemos hablado sobre la vida, la honestidad, el conocernos, las decisiones
y otras cosas que se pueden rescatar en la interpretación de cada lector.
También
hemos acariciado el tema de las responsabilidades y el de las motivaciones.
Vale la pena reflexionar en eso puesto que: “nada es gratis”. Muchas cosas nos pueden apasionar y, cuando nos
dedicamos a una completamente, también puede llevarnos a asumir
responsabilidades.
Una
vez hecho este repaso muy general, y demasiado sintético, es momento de hablar
de algo que se encuentra en el título de este texto. El riesgo.
En
realidad ya lo he desarrollado durante todo lo escrito. Lo he hecho de forma
disimulada (lo mejor que he podido) porque me gustaría que cada quien lo
interprete como mejor le parezca.
Entonces,
¿por qué dar la clave si te has esforzado tanto en disimularlo?
Porque
me gustaría también que este texto sirviera como una reflexión más completa.
Encriptar las cosas no siempre es una buena respuesta. Directo y simple = Eficiente. (Ocupo esta “formula” un poco
distinto de cómo la hemos tratado en el seminario).
No
soy la persona más directa, y sé que complejizo las cosas bastante, pero eso me
ayuda a invitar a otros a cuestionarme. A que me reten con sus propios
razonamientos. Que se expresen y encuentren sus propios sentidos.
¿¡Por
qué das la clave!?
Porque
no es una clave. No hay formulas mágicas, no hay un único método.
Cada
decisión implica un riesgo, uno de ganar, uno de perder. De acercarse o
alejarse. A veces, vale la pena asumir el riesgo, otras no. Cada uno de
nosotros le damos un peso distinto. Cada decisión, hacer o no hacer nada,
implica sus propios riesgos.
“Estar sentado en una silla en
medio del escenario sin decir nada, también es acción”.
-Konstantin Stanislavsky
-Konstantin Stanislavsky
Cada
cosa que hacemos, cada acción y cada decisión es un riesgo. Y todos los días,
con cada ciclo, los afrontamos; algunos nos dan más miedo que otros. He
comprendido que ese miedo no se va. Esa ansiedad o nervios, siguen ahí, sólo
que aprendemos a vivir con ellos y los ocupamos de mejor forma. Nos
concentramos en nuestros objetivos y podemos seguir caminando hacia delante a
pesar de que la guerra estalle a nuestro alrededor.
IV.
“Es nuestro trabajo”. Es
nuestro trabajo conocernos, ser honestos con nosotros mismos, asumir la
responsabilidad de nuestras acciones y claro está, asumir riesgos.
La
línea…, ¿cuál podría ser? ¿A qué me refiero cuando digo ‘la línea’?
La
línea entre la terquedad y la persistencia. Tal vez estoy comenzando a hablar
de un tema filoso, un tema que puede comenzar a cortar la piel y exponer la
carne roja y el hueso manchado de sangre. Cortadas que exponen nuestra materia
como pequeñas bolitas blancas que componen el músculo. Entre rojo oscuro y
carne molida cerca de la cortada, junto con unos puntos negros de la sangre
coagulándose.
A
veces me pregunto cómo diferenciar entre la terquedad y la perseverancia. Hay
noches en las cuales no puedo dormir pensando en esas dos ideas. ¿Cómo podría
marcar esa línea entre una y otra? En los éxitos, se subraya la perseverancia;
en los llamados “fracasos”, se remarca la terquedad. Lo hacemos nosotros, lo
hacen otros, nos señalan una u otra a partir de lo que ellos creen, a partir de
lo que nosotros creemos.
“Llamados fracasos”. No
es curioso que nos digan que no hay que temerle al fracaso ¿Por qué será? Me
pregunto qué pasaría si, en vez de ver algo como fracaso, lo vemos como una
oportunidad para aprender ¿Qué tal si comenzamos a ver nuestros errores como
aprendizajes? ¿Seguiría siendo tan malo?
Hay
muchas oportunidades para muchas cosas. Para crecer, imaginar, pensar,
aprender, correr y muchas, muchas más. Cuando parezca que no hay oportunidad de
hacer algo que deseamos, hay que crear. Hacer posible que exista. Tomar las
cosas en nuestras manos y buscar un sitio para crear la oportunidad. No es solo buscarla, es hacerla posible.
¿Cómo
poder ver la línea? No lo sé; lo que a mí me ha funcionado es comenzar a
conocerme. Comencé a ser sincero conmigo, no sólo a rascar la superficie. Me ha
ayudado ser responsable y valorar las oportunidades. Comprender que hay riesgos
ha aumentado mi visión y he probado mi valía ante tales riesgos.
Actuar
es un riesgo. Uno que nos hace enfrentarnos a nosotros mismos. Uno que implica
tocar y ser tocado, exponerse y ser visto, así como también interiorizar,
contemplar, percibir y ver.
Actuar
requiere conocerse y tener un motivo, un objetivo. Te pide que seas honesto y
respondas con verdad a tus compañeros. También que seas capaz y estés dispuesto
a enfrentar desafíos. Te pide que sigas soñando, que sigas creyendo. Que te
ilusiones, crezcas y que vivas, pues te coloca en vida de muchos otros seres.
Actuar
te pide que te entregues. Que ames mucho, y que sientas demasiado. Actuar
cuesta, pues también requiere que comiences a seguir tu luz concentrado,
olvidando la guerra que se libra a tu alrededor.
Actuar
es encender o no la luz del escenario. Luchar y sufrir, así como disfrutar y
sentir. Ver y ser visto.
Por
lo tanto, sólo queda decir: ¡Oh vosotros
los que entráis, abandonad toda esperanza! Pues para llegar al cielo, hay
que cruzar el infierno.
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